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India y Nepal: Un Viaje en el Tiempo. VII: Pokhara

Capítulo VII: ¿El paraíso nepalí?

Durante la noche el sonido de la lluvia ya me había desvelado un par de veces, pero era ahora, por la mañana, cuando mis tripas protestaron enérgicamente. Evacuación de emergencia tres veces consecutivas, fortasec “pal” pecho.  A las 10 salía el bus a Pokhara y el panorama en el exterior no era muy diferente a lo que nuestros oídos nos habían hecho imaginar. El monzón nos perseguía dando sus últimos coletazos. Contra todas las inclemencias seguimos nuestro itinerario y te cuento qué ver (vimos) en Pokhara.

Cómo llegar a Pokhara desde Tansen

A eso de las 9:30 decidimos ir hacia la estación a pillar nuestros billetes, 220 Rp cada uno. Justo después de tener los billetes en nuestras manos el intestino de dea fue el que nos urgió a buscar un baño, yo mientras la esperaba me refugié en una tiendecilla. Allí el hombrecillo fue muy amable, me invitó a pasar y a sentarme, hablaba un fluido nepalí que con mi inglés y mi español no se llevaba muy bien. Pese a que poco nos pudimos hacer entender el hombre fue muy agradable, me revisó el billete y me dijo que todo OK.

Gala se acercaba por la lejanía así que muy amablemente me fui despidiendo del señor y pusimos rumbo a la estación, por el camino adquirimos una botella de agua. El bus ya había llegado y estaba haciendo su parada, un hombre que andaba por allí así nos lo indicó con lo que nos agenciamos unos sitios en la parte final, nos quedaba un largo trayecto por recorrer. Por miedo a evacuaciones indeseadas decidimos no ingerir alimento alguno hasta llegar al destino, tener que parar el autobús para cagar en medio de la montaña no entraba dentro de nuestros planes.

El verdor nepalí y lugareños

Arrancó el autobús y por el camino los espectaculares paisajes se fueron sucediendo. Lo mejor era perder la vista en ellos, ya que atender a la conducción por aquellas carreteras sinuosas de subidas y bajadas puede suponer un ataque al corazón. Se sucedían montañas verdes con ríos de color tierra a sus pies, en las laderas se atisbaban bancales de arroz.

Por esto el trayecto no se hizo muy pesado ya que si es por la comodidad o por la duración creo que sería de los peores trayectos de mi vida, después de la experiencia india claro está. Paramos veinte mil veces y otras mil más a recoger y dejar gente en los lugares más insospechados. Tras casi 6h de viaje vimos al fin un cartel que rezaba: “Welcome to Pokhara”, 20 minutos después llegamos a lo que resultó ser la estación principal de autobuses.

Nuestra más que agradable distracción
Sencillamente precioso

Llegada a Pokhara

Nada más bajar, bueno más que eso antes de que pudiéramos bajar, ya estaban en el autobús cazaturistas para llevarnos a sus hoteles. Hicimos caso omiso y salimos en busca de la carretera principal y algún taxi. Nos hicimos con los servicios de uno que a ritmo de 50cent y el Papichulo remix nos llevó hasta Lakeside. Allí preguntamos por nuestro hotel y tras un par de intentos lo ubicamos, pagamos al taxista y para allí que fuimos.

Hicimos el check-in y nos trataron muy amablemente, la verdad que flipamos con el lugar. La habitación era un bungalow en medio de un jardín, el lugar estaba limpio, teníamos ducha decente dentro de la habitación y la cama parecía no albergar ningún tipo de insecto. Después de ubicarnos y dejar las cosas decidimos salir a investigar la zona. El tiempo ya había cambiado, lucía el sol entre las nubes y parecía que no iba a llover más, dentro de poco el sol se pondría.

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¡Aquello ya era otra cosa! Como si de un resort veraniego se tratase, Lakeside resulta ser una calle que bordea un idílico lago repleta de restaurantes, tiendas, hoteles, cibers y bancos. Vamos, todo lo que necesita un turista. Pero aún a riesgo de parecer artificial, el encanto del lugar lo supera con creces, los lugareños, los puestecillos y sobre todo por el enclave: el magnífico Phewa Thal a pies de los Anapurnas. Es el segundo lago más grande del país y cuando nos acercamos a verlo la estampa no nos decepcionó. Pese a que los Anapurnas se escondían detrás de las nubes (el monzón es lo que tiene), las “pequeñas” montañas y los pescadores le daban un toque muy bucólico.w ewe we 

Pescadores en el Phewa Thal
Pescador en el lago con vistas maravillosas

Después de aquel gran impacto visual nos dimos cuenta de que no habíamos ingerido nada en todo el día, así que decidimos desayunarcomercenar en un chino que recomendaba la lonely y la verdad que acertamos de pleno. Yo me pedí unos rice noodles gloriosos y Gala unos de pollo, no duraron mucho encima de los platos. Al salir la noche se nos había echado encima y no había luz por la calle, tan solo la iluminación de los comercios permitía vislumbrar la calzada. Volvimos al hotel con nuestras linternas y allí sí tenían luz, el hotel poseía un generador que utilizaban hasta que daban la luz general a eso de las 20h. Necesitábamos descansar y eso hicimos, nos tumbamos a leer un poco la guía, escribir diario y charlar. No tardamos mucho en quedarnos fritos.

Visitando Pokhara

Nos levantamos tranquilamente sin despertador, nos lo habíamos ganado. Reconfortante ducha y sin prisa nos vestimos para salir afuera a desayunar. Hacía un buen día, parecía que las nubes ya habían huido de la zona y la temperatura distaba mucho del horno húmedo que dejamos encendido en la India. En el restaurante de al lado nos sentamos a degustar el simple breakfast: dos huevos, una barrita de pan con mantequilla y mermelada, patatas y tomate asado y una bebida caliente, chai en mi caso. Mejor no preguntar por el double breakfast. Con el estómago a reventar volvimos a la habitación a por la cámara y poco más. Decidimos emplear el resto de la mañana en pasear y visitar las tiendecillas.

Nos recorrimos casi toda la calle, primero interneteamos un poco y luego ya de tienda en tienda. No había mucho ambiente ya que la temporada de trekking empezaba unos días más tarde, así que reconfortaba estar en un ambiente tan relajado. Acabamos en el embarcadero para echar unas foteles al lago, luego retornamos a visitar las tiendas del otro lado de la calle. Cansados de tanto ejercicio decidimos volver al hotel a descansar pero por el camino nos entró el hambre. Así que al final nos sentamos en un indio a degustar platos sumamente picantes, buenos sí, pero picantes de cojones. buib

El precioso embarcadero

 
Tras tirarnos media horita en la cama fuimos al embarcadero antes de que anocheciera para ir a visitar el Varahi Temple, un templo que está en una islilla cerca de la orilla. Nos montamos en una barca y a remo nos llevaron hasta allá. Ya empezaba a escasear la luz, pero eso no impidió que obtuviéramos unas bonitas instantáneas. El templo no es muy grande, es más bien pequeño, tiene diversas ruedas de oración y muchas campanitas. Por su techumbre y paredes se podían ver ratas y palomas, cosa de la que parecían orgullosos ya que no hacían más que señalar a los traviesos roedores.

Dimos una minivuelta por la isla e hicimos unas cuantas fotos, ya casi era de noche y la última barcaza de vuelta nos estaba esperando. De nuevo en lakeside entramos en un supermercado a comprar unas cervezas, patatuelas y unas galletas palentinas de chocolate. Acabamos la noche en nuestro jardincito del hotel cerveza en mano bajo una temperatura más que agradable.

Templo Varahi
El lago tras caer el sol
Nuestro «jardincillo»

De paseo en bici por Pokhara

No había prisa alguna para levantarse, el día lucía soleado y la temperatura in crescendo pero sin agobiar. Esta vez el desayuno fue más escueto, seguíamos con leves problemas intestinales, así que solo fue un chai y una tostada. El plan del día era alquilar unas bicis y pedalear, por 100Rp cada uno tuvimos bici hasta las 17h. Con la pachorra que llevábamos el sol estaba ya muy arriba, lo suficiente para que hiciera más calor del necesario para ir a andar en bici.

Queríamos llegar hasta un pueblo cercano donde estaba lo que llamaban la cascada del diablo. Gala pilló una bici que no estaba muy allá (aunque he de decir que la mía tampoco era una maravilla). El camino pese a ser corto se hizo largo ya que nos pasamos el lugar, había un par de subiditas y el sol no dio tregua. Así que tuvimos que dar media vuelta y volver a donde realmente estaba, habíamos pasado por delante pero no lo habíamos visto. Al pararnos delante de la puerta de entrada un hombre nos quería cobrar por aparcar las bicis a lo que me reí poco. 10 metros más adelante las candamos en una valla.

Antes de entrar, Gala se pilló una mochileja muy apañá (como dirían en sus tierras). La entrada nos costó 25Rp, la verdad que dentro mucho no había, una especia de templo feúcho y la famosa cascada. Esa sí que merecía la pena, impresionaba bastante ver la fuerza con la que bajaba el agua y rompía hasta caer en el vacío de 500m. El ruido era ensordecedor y el agua salpicaba por todos los lados.

En mi súper bici
La cascada del diablo
La caída

Volvimos a nuestras bicis y deshicimos el camino parándonos para echar alguna foto y en las cuestas ya que Gala al no tener marchas sufría de lo lindo. La mía sí las tenía y se notaba. Llegó la hora de comer y decidimos ir al Lhassa restaurant que estaba de camino. El restaurante era algo más caro que el resto, pero también se notaba que de bastante más calidad. Gala por desgracia tuvo que decidirse por el plain rice mientras yo engullí una carne agridulce con arroz deliciosa.

El entorno

De vuelta a donde las habíamos cogido dejamos las bicis una hora antes del horario límite, estábamos cansados y bastante quemados por culpa del astro rey. Fuimos hacia el hotel donde dejamos pagado ya la estancia y los billetes hacia Kathmandú del día siguiente. Nos tiramos un rato en la habitación para hacer tiempo y hambre para la cena, esta vez volveríamos al chino del primer día. También visitamos alguna tiendecilla y nos metimos a Internet un rato. Después de la cena volvimos al hotel a dejar hecha la maleta. A las 6:45 deberíamos estar cogiendo un taxi rumbo a la estación de autobuses. Decidimos darnos una ducha nocturna y tirarnos a descansar.

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